Experiencia Vocacional M. Carmen Maldonado Holanda

Ingresé a la Congregación de Misioneras Cordimarianas en 1951, a la edad de 18 años, es decir, actualmente tengo 84 años de edad y 62 años de consagración.

Yo descubrí el llamado de Dios a través de la asociación “Las hijas de María” a la que yo pertenecía y había otro grupo llamado “Acción Católica” que tenía como patrona a Santa Teresita, por la cual me nació el deseo de querer ser con esa monjita que llevaban en procesión y pensaba: “¡qué ganas de ser como ella!”. Empecé desde entonces a sentir que Dios me llamaba pues experimentaba una inmensa alegría de estar en oración ante Jesús Sacramentado.

El deseo de ser religiosa iba aumentando en mí y llegué a visitar a las madres Carmelitas y a las Franciscanas, pero las respuestas tardaban en llegar. Un día una familia amiga me ayudó a acercarme a la superiora general de las Misioneras Cordimarianas, por mi falta de preparación académica, dijo que no iba a ser posible ingresar con ellas, y por azares del destino pude tener comunicación por medio de cartas con la Fundadora la Madre Carmen Serrano y en una de estas correspondencias, ella me abrió las puertas de su corazón y de la Congregación, y así fue como pude ingresar al Instituto.

Recuerdo ahora cómo Madrecita (la Madre Carmen Serrano), nos inculcaba mucho ser personas educadas, respetuosas y decentes, desde nuestra manera de expresarse, reír, vestir y comer. Nuestro Padre fundador también en sus escritos nos lo enseñaba. Esas enseñanzas han estado muy presentes en estos 62 años de consagración y me fueron acompañando en todas las comunidades a las que era enviada. Yo no tuve preparación académica, mi misión ha sido en su mayoría, prepararles los alimentos a mis hermanas, personas que colaboraban en cada comunidad y alumnos en el caso de los colegios. Sin embargo, mi falta de conocimiento nunca ha sido pretexto para entregarme y compartirme con las personas y con Dios mismo. Hay tres cosas que me han sostenido hasta este momento de mi vida: “amar, perdonar y servir” porque eso a Dios le agrada, que tengamos un corazón que ama, que perdona y que sirve.

Por este motivo, yo sé que Dios me sigue llamando a través de cada una de las personas con las que todos los días me encuentro y atiendo en la misión que ahora estoy. Ya no puedo seguir cocinando pues mis pocas fuerzas físicas no me lo permiten, pero con gusto y amor atiendo a quienes se acercan a mí para orientarles y sugerirles algún libro de buenas lecturas que es lo que actualmente hago aquí en la librería San José de Cuernavaca, Mor.

Si hoy mi Señor me pidiera consagrar mi vida a Él, le volvería a decir: “SÍ Señor, aquí estoy, quiero ser tuya, quiero ser de Ti y que Tú seas de Mí”. Por el gran Amor que Dios me tiene y nos tiene a cada uno, puedo asegurarles que vale la pena consagrar nuestra vida al Señor.

Para mí, ser Misionera Cordimariana ha valido y seguirá valiendo la pena. Y no se puede ser consagrada si no se AMA, NO SE PERDONA Y NO SE SIRVE. Cuando empezamos a aprender la importancia de estos tres verbos, llegamos a ser personas consagradas decentes. Esto es lo que más me ha hecho feliz y perseverar en mi vocación, y por eso estoy muy pero muy agradecida con mi Señor.