486 ANIVERSARIO DE LA APARICIÓN DE NTRA SRA DE GUADALUPE

Según nuestra tradiciones, el 12 de diciembre de 1531, la Virgen de Guadalupe se le apareció por cuarta ocasión al indígena Juan Diego. El hecho ocurrió muy de mañana cuando el nativo de Cuautitlán salió en busca de ayuda para su tío enfermo. La Patrona de México se encontró con el humilde indígena junto al Pocito donde le dijo que su tío ya se encontraba sano. Fue así que le pidió que subiera a la cumbre del cerro del Tepeyac donde encontraría unas rosas, en una época y en un lugar donde no florecían, las cuales podría reunir y llevar ante el señor obispo como una prueba de sus milagrosos encuentros en los que solicitaba la construcción de un templo en las cercanías del lugar. Hacia el mediodía, Juan Diego fue recibido por el por el obispo Zumárraga, quien presenció cómo de la manta de Juan Diego caían varias rosas de Castilla, al mismo tiempo que en la tela se revelaba la imagen de la Virgen de Guadalupe. Tras el milagro de la cuarta aparición de la Virgen el 12 de diciembre de 1531, el hecho se celebra desde entonces con gran alegría y devoción convirtiéndose hoy en la Patrona de Latinomérica, pues se presenta a crear paz en medio de la matanza que se estaba dando y podía darse peor en esos tiempos.

Hoy recordamos lo que se decía a los 500 años de la llegada de los Españoles y su conquistas:

“A lo largo de los últimos quinientos años hemos visto a María caminando, como en el evangelio, por nuestros valles, llanuras y montañas. La hemos visto entrar a nuestras casas, sin protocolos ni privilegios, solo saludando y compartiendo lo mejor de su vida, Jesús de Nazaret. Por su sencillez y ternura no podemos aguantar las ganas de gritarle a Dios: Gracias por permitir que la Madre de nuestro Señor haya puesto su morada en nuestro continente. Gracias, María, porque, a pesar de la pobreza y las debilidades de nuestro pueblo, sigues poniendo tu corazón en nuestras vidas, en nuestras familias y en nuestras comunidades… Gracias, María, porque hemos aprendido de ti un estilo de fe que, como en las bodas de Caná, nos dice: “haced lo que él os diga”.

Te invitamos a orar con las palabras que un día escribió de San Juan Pablo II a la Virgen de Guadalupe:

 ¡Oh Virgen Inmaculada
Madre del verdadero Dios y Madre de la Iglesia!
Tú, que desde este lugar manifiestas
tu clemencia y tu compasión
a todos los que solicitan tu amparo;
escucha la oración que con filial confianza te dirigimos,
y preséntala ante tu Hijo Jesús, único Redentor nuestro.
Madre de misericordia, Maestra del sacrificio escondido y silencioso,
a ti, que sales al encuentro de nosotros, los pecadores,
te consagramos en este día todo nuestro ser y todo nuestro amor.
Te consagramos también nuestra vida, nuestros trabajos,
nuestras alegrías, nuestras enfermedades y nuestros dolores.
Da la paz, la justicia y la prosperidad a nuestros pueblos;
ya que todo lo que tenemos y somos lo ponernos bajo tu cuidado,
Señora y Madre nuestra.
Queremos ser totalmente tuyos y recorrer contigo el camino
de una plena fidelidad a Jesucristo en su Iglesia:
no nos sueltes de tu mano amorosa.
Virgen de Guadalupe, Madre de las Américas,
te pedimos por todos los obispos, para que conduzcan a los fieles por senderos
de intensa vida cristiana, de amor y de humilde servicio a Dios y a las almas.
Contempla esta inmensa mies, e intercede para que el Señor infunda
hambre de santidad en todo el Pueblo de Dios, y otorgue abundantes
vocaciones de sacerdotes y religiosos, fuertes en la fe
y celosos dispensadores de los misterios de Dios.
Concede a nuestros hogares
la gracia de amar y de respetar la vida que comienza.
con el mismo amor con el que concebiste en tu seno
la vida del Hijo de Dios.
Virgen Santa María, Madre del Amor Hermoso, protege a nuestras familias,
para que estén siempre muy unidas, y bendice la educación de nuestros hijos.
Esperanza nuestra, míranos con compasión,
enséñanos a ir continuamente a Jesús y, si caemos, ayúdanos
a levantarnos, a volver a Él, mediante la confesión de nuestras culpas
y pecados en el sacramento de la penitencia,
que trae sosiego al alma.
Te suplicamos que nos concedas un amor muy grande a todos los santos sacramentos
que son como las huellas que tu Hijo nos dejó en la tierra.
Así, Madre Santísima, con la paz de Dios en la conciencia,
con nuestros corazones libres de mal y de odios,
podremos llevar a todos la verdadera alegría y la verdadera paz,
que vienen de tu Hijo, nuestro Señor Jesucristo,
que con Dios Padre y con el Espíritu Santo,
vive y reina por los siglos de los siglos. Amén